La política argentina parece haber entrado en una etapa extraña: nadie está plenamente derrotado, pero casi todos están bajo presión. El Gobierno todavía conserva la pelota, maneja la agenda, habla de reformas, seduce a una parte del empresariado y apuesta a que la economía termine haciendo el trabajo que la política no logra completar. Pero ya no juega en campo libre. El desgaste existe, la paciencia social se acorta y el discurso de “lo peor ya pasó” empieza a convivir con una pregunta más áspera: ¿pasó para quién?
Milei eligió una vez más la polarización. Al hablar del “monstruo K”, no sólo buscó ordenar a los propios; también intentó reconstruir el escenario que mejor le resulta: él contra el pasado. Es una estrategia conocida y eficaz cuando la sociedad todavía teme volver atrás. Pero tiene un límite: si el presente se vuelve demasiado duro, el pasado deja de ser amenaza suficiente. La política del miedo al retorno funciona mientras el futuro promete algo mejor. Cuando esa promesa se demora, el miedo empieza a compartir espacio con el cansancio.
El oficialismo, de todos modos, no está paralizado. Tiene una virtud que la oposición muchas veces subestima: sabe fijar conversación pública. Milei instala temas, provoca, anticipa 2027, habla de reformas, capitalismo, impuestos, IA o batalla cultural. Aun cuando recibe críticas, consigue que la política gire alrededor suyo. Esa centralidad es poder. Pero también es una trampa: cuanto más personalista se vuelve el dispositivo, más depende de la imagen, el humor y la credibilidad del Presidente.
Ahí aparece el dato sensible: las encuestas ya muestran señales de rechazo creciente. No necesariamente anuncian una derrota futura, pero sí muestran que el Gobierno ingresó en otra fase. La etapa de la sorpresa terminó. La sociedad ya sabe quién gobierna, cómo gobierna y a quiénes beneficia o perjudica el rumbo. El mileísmo empieza a ser juzgado no por lo que prometió destruir, sino por lo que efectivamente logra construir.
Del otro lado, el peronismo bonaerense intenta moverse. La campaña de afiliación lanzada por Kicillof tiene más valor político que administrativo. No se trata sólo de sumar fichas partidarias; se trata de disputar sentido, rejuvenecer estructura, volver a poner militancia donde hubo repliegue y ordenar una territorialidad que el peronismo no puede dar por asegurada. En la provincia de Buenos Aires, Kicillof parece entender que la oposición a Milei no se construye sólo con denuncia: necesita organización, volumen social y una narrativa de futuro.
Pero el peronismo también carga con sus propias limitaciones. Todavía no resolvió liderazgo nacional, programa económico ni síntesis interna. Kicillof crece porque ocupa un vacío, pero ese crecimiento no equivale automáticamente a conducción del conjunto. Hay intendentes, camporismo, sindicalismo, massismo, gobernadores y sectores sociales que miran, calculan y esperan. El peronismo percibe una oportunidad, pero aún no demuestra que pueda transformarla en alternativa común.
La clave de la etapa está en esa tensión. Milei necesita que la economía mejore antes de que el desgaste político se vuelva irreversible. Kicillof necesita que el malestar social se convierta en organización y propuesta, no sólo en rechazo. Y la sociedad, mientras tanto, parece mirar desde una mezcla de fatiga, expectativa y desconfianza. Ya no alcanza con prometer épica. El ajuste pide resultados. La oposición pide credibilidad. La democracia pide algo más que trincheras.
La Argentina entra así en una fase de resistencia. El Gobierno resiste el desgaste; la oposición resiste su fragmentación; la sociedad resiste el costo cotidiano de una transformación que todavía no se siente como bienestar. En esa cancha, nadie tiene el partido ganado. Pero todos saben que el tiempo empieza a jugar más fuerte.
