El Gobierno logró media sanción para el Súper RIGI, aprobó el pago a fondos buitres y volvió a tomar iniciativa en Diputados. Pero detrás de la victoria parlamentaria aparece una discusión más profunda: si la Argentina se encamina hacia nuevas industrias con empleo y desarrollo, o hacia una economía de enclaves para grandes capitales.
Javier Milei tuvo un exito político importante. Después de semanas atrapado en el desgaste del caso Adorni, el Gobierno consiguió que Diputados le diera media sanción al Súper RIGI, una de sus apuestas centrales para atraer grandes inversiones. También logró aprobar el pago a fondos buitre y evitar que la oposición avanzara con una interpelación inmediata al jefe de Gabinete.
Visto desde la Casa Rosada, fue una buena jornada. El Gobierno recuperó iniciativa, mostró capacidad de negociación y volvió a hablar de su programa económico. Pero la política no se mide solo por el resultado de una votación. También importa qué revela esa votación sobre el rumbo de un país.
Y lo que revela es bastante más complejo que un triunfo oficialista.
El Súper RIGI expresa con claridad la idea de desarrollo que imagina Milei: grandes inversiones, reglas estables por décadas, beneficios fiscales, facilidades cambiarias, sectores de frontera e inserción global. Inteligencia artificial, electromovilidad, minería avanzada, energía, semiconductores, hidrógeno, biotecnología. La lista suena moderna, ambiciosa y atractiva. Nadie sensato puede negar que Argentina necesita inversión, tecnología y horizonte productivo.
El problema aparece en la letra chica y, sobre todo, en la pregunta política: ¿quién se queda con los frutos de ese crecimiento?
Porque una cosa es atraer capital. Otra es construir desarrollo nacional. Una cosa es ofrecer estabilidad jurídica. Otra es garantizar empleo local, proveedores argentinos, transferencia tecnológica, arraigo territorial y encadenamientos productivos. Si esas condiciones no son fuertes, el país corre el riesgo de celebrar inversiones que funcionan como islas: modernas hacia adentro, desconectadas hacia afuera.
Esa es la discusión de fondo. No se trata de oponerse por reflejo a toda inversión extranjera. Sería absurdo. Argentina necesita dólares, infraestructura, energía, industria y tecnología. Pero también necesita evitar una vieja trampa: convertirse en plataforma barata para negocios globales sin capacidad de apropiarse socialmente de sus beneficios.
El oficialismo presenta el Súper RIGI como la puerta de entrada a las industrias del futuro. La oposición lo denuncia como un régimen de privilegio para grandes corporaciones. Probablemente haya algo de verdad en ambos lados. El proyecto puede abrir oportunidades reales, pero también puede consolidar una economía de enclave si no exige compromisos concretos con el trabajo argentino.
La media sanción, además, muestra otra transformación política. Milei ya no gobierna solo desde la épica antisistema. Gobierna contando votos. Negocia con bloques provinciales, seduce al PRO, busca radicales, aprovecha divisiones opositoras y administra ausencias. Es decir: hace política tradicional. Lo notable no es que lo haga. Lo notable es que lo haga mientras sigue diciendo que esa política no sirve.
En ese punto, el Gobierno perdió pureza, pero ganó oficio. Y eso puede ser más importante de lo que parece. El mileísmo original imaginaba que bastaba con voluntad, motosierra y confrontación. El mileísmo gobernante empieza a descubrir que una reforma profunda exige rosca, paciencia y acuerdos. El Congreso, tantas veces presentado como obstáculo, se volvió la herramienta indispensable para que el Presidente avance.
La pregunta es a qué precio.
Porque las mayorías que acompañan al Gobierno no son necesariamente mileístas. Muchos legisladores votan por conveniencia provincial, afinidad económica, presión territorial o cálculo electoral. No hay allí un bloque ideológico homogéneo. Hay una coalición de ocasión. Puede servir para aprobar leyes, pero no siempre alcanza para sostener un proyecto nacional coherente.
El pago a los fondos buitre agrega otra capa a la discusión. Para el Gobierno, cumplir con acreedores externos es parte del camino hacia la normalización financiera. Para la oposición, es la señal de un modelo que vuelve a priorizar la deuda por encima de las necesidades internas. Otra vez, la discusión no es meramente contable. Es política. Se debate qué compromisos reconoce el Estado, frente a quién se muestra confiable y quién paga el costo de esa confiabilidad.
Mientras tanto, la economía real sigue enviando señales contradictorias. Algunos indicadores financieros mejoran. El Gobierno habla de inversiones, superávit y estabilidad. Pero la industria, el consumo y el empleo siguen siendo zonas sensibles. La clase media no vive en los balances de pagos. Vive en supermercados, alquileres, cuotas, escuelas, tarifas y changas que no siempre alcanzan.
Ese desfasaje puede convertirse en el principal problema político de Milei. El Presidente necesita que el crecimiento deje de ser una promesa estadística y se vuelva experiencia social. Si la recuperación se concentra en pocos sectores, si la inversión no genera empleo suficiente, si las nuevas industrias no integran proveedores nacionales y si la mejora no toca la vida cotidiana, el relato de futuro puede volverse demasiado abstracto.
La oposición, por su parte, encontró un eje crítico potente, pero todavía incompleto. Rechazar el Súper RIGI como entrega de soberanía puede ser una denuncia eficaz, pero no alcanza. Hace falta proponer una arquitectura alternativa de inversión, tecnología y desarrollo. No basta con decir que el modelo de Milei beneficia a los grandes capitales. Hay que explicar cómo se atraen dólares sin regalar capacidad nacional, cómo se protege empleo sin espantar inversión, cómo se moderniza la economía sin abandonar a la industria existente.
Esa es la tarea pendiente de un peronismo que votó unido, pero aún no habla con una sola voz sobre el futuro productivo. La unidad defensiva sirve para resistir. La unidad programática sirve para gobernar.
El día político deja entonces una escena doble. En la superficie, Milei celebra una victoria parlamentaria. En el fondo, Argentina vuelve a discutir su viejo dilema: desarrollo o dependencia, inversión o enclave, apertura o subordinación, modernización o desigualdad.
No hay respuestas simples. Un país no se reconstruye sin capital. Pero tampoco se reconstruye entregando todo a la lógica del capital.
La pregunta verdadera no es si Argentina necesita inversiones. Las necesita.
La pregunta es si esas inversiones van a construir país o apenas a usar territorio.
Y ahí, todavía, Milei encontró votos, pero no una respuesta.
