Javier Milei, en el acto por el Día del Veterano de Malvinas, reactivó la causa con un discurso nacionalista que reivindicó la soberanía sobre las islas y lanzó críticas al kirchnerismo. Su mensaje, dirigido a reforzar su liderazgo y proyectar una Argentina próspera, también buscó reposicionar la política exterior del país.
Milei reactiva la causa Malvinas con un discurso nacionalista y un mensaje interno
En una jugada cuidadosamente planificada, Javier Milei encabezó el acto oficial por el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas con un discurso transmitido en cadena nacional que no solo apuntó a reivindicar la soberanía sobre las islas, sino también a reforzar su narrativa de ruptura con lo que denomina “la casta”, atacando de forma directa a la dirigencia política del pasado reciente. En frente de excombatientes, altos funcionarios y jefes militares, Milei desplegó un mensaje con múltiples capas de lectura, dirigido tanto hacia afuera como hacia dentro del escenario político argentino.
“Queremos ser una potencia para que ellos prefieran ser argentinos”, lanzó el presidente, sentando las bases de una idea de soberanía desligada del reclamo diplomático tradicional. Para Milei, la clave pasa por el poder económico y político de atracción, una lógica liberal que contrasta radicalmente con el enfoque geopolítico e identitario que históricamente marcó la posición argentina sobre las islas. Con esta afirmación Milei intenta desmarcarse de la línea kirchnerista, dando una definición de soberanía que asocia con el crecimiento económico, el libre mercado y la capacidad de influir sin recurrir a la fuerza o la persuasión convencional.
El contexto del acto también merece lectura política. A su lado estuvieron Jorge Macri, Patricia Bullrich y Luis Petri, exponentes del PRO y aliados circunstanciales de La Libertad Avanza. La presencia de estos referentes no fue anecdótica: en medio de crecientes tensiones dentro de la alianza legislativa y con un Jefe de Gobierno porteño con quien mantiene diferencias notorias, Milei envió señales de convivencia, pero también marcó su liderazgo. El discurso fue el vehículo para remarcar una agenda propia, liberadora y disruptiva, en contracara a lo que denuncia como “estado omnipresente”, “dictadoras y dictadorzuelos” y “negocios sucios” de administraciones anteriores.
La crítica más dura fue directa al corazón del kirchnerismo. “Nadie puede tomar en serio el reclamo de una nación cuya dirigencia es conocida en el mundo por su corrupción e incompetencia”, dijo millones de hogares en horario central. Milei volvió a posicionarse como el outsider que derroca estructuras anquilosadas y las ataca sin filtro, bajo un libreto que su electorado fideliza sin fisuras. El formato de cadena nacional no hizo más que apuntalar su idea de centralidad política.
En paralelo, hubo un mensaje dirigido a la arena internacional. Sin mencionar explícitamente a Londres, Milei dejó en claro que el camino por Malvinas no será el tradicional: su énfasis fue sobre fortalecer las Fuerzas Armadas y recomponer el rol geopolítico de la Argentina desde el poder duro y blando. En su visión, una Argentina próspera, alineada con las “naciones libres” y abierta al comercio mundial, puede recuperar influencia sin levantar la voz. Para ello, debe abandonar el “idealismo ingenuo” y aceptar que en la política internacional, las fuerzas cuentan, incluso sin llegar al conflicto.
En este marco, el mandatario reivindicó a las Fuerzas Armadas de forma categórica: “Son necesarias para defender nuestro extenso territorio de potenciales amenazas en un contexto global de creciente incertidumbre”, dijo. Bajo esta premisa, ratificó su plan de revalorización del aparato militar, no como nostalgia autoritaria, sino como pilar de un país “respetado”. Un discurso que apeló tanto al votante de derecha como a sectores castrenses históricamente marginados del debate democrático argentino.
La elección de palabras no fue casual. Al colocar al país “en desventaja” por sus vínculos con regímenes autoritarios, la frase encendió alarmas entre los analistas diplomáticos: busca redirigir la política exterior argentina hacia Occidente, tomando distancia no solo del accionar pasado sino también de los foros multilaterales más tradicionales. El guiño hacia Estados Unidos, y en particular hacia Donald Trump, quien podría reunirse con Milei próximamente, potencia esa mirada atlantista que empieza a permear en las líneas del nuevo oficialismo.
Mientras tanto, otras voces dentro del sistema político también comenzaron a manifestarse. Desde la Patagonia, la vicepresidenta Victoria Villarruel se mostró con representantes de Unión por la Patria en un evento paralelo, pidiendo una “malvinización de la sociedad”. Es decir, la causa Malvinas sigue siendo un campo fértil en términos de simbolismo político, pero con interpretaciones antagónicas entre los propios socios de poder. El oficialismo no parece marcar una sola hoja de ruta, sino más bien superponer proyectos e identidades bajo un mismo paraguas electoral.
Con su discurso, Javier Milei transformó una efeméride en plataforma política: definió soberanía a su manera, atacó al status quo, reforzó su vínculo con las Fuerzas Armadas, envió señales al electorado duro y trazó líneas de política exterior. En ese gesto, se evidenció no solo su vocación por construir un nuevo relato nacional, sino también la compleja fragilidad de la coalición que lo acompaña. Malvinas, más allá del símbolo, fue el espejo elegido para multiplicar una narrativa de poder en construcción.