Falleció Raúl “Bigote” Acosta, líder del periodismo rosarino, a los 81 años. Con más de seis décadas en medios de comunicación, dejó un legado de pensamiento crítico y cercanía con la audiencia. Su voz resonó en la radio y la gráfica, dejando una huella imborrable en la historia del periodismo argentino.
Murió Raúl “Bigote” Acosta, una figura clave del periodismo rosarino
Raúl “Bigote” Acosta, una de las voces más influyentes del periodismo rosarino, falleció este domingo tras atravesar una enfermedad que lo mantuvo internado sus últimos días. A los 81 años, se despide un profesional con más de seis décadas de trayectoria, cuya voz y mirada dejaron una huella tanto en la radio como en la gráfica y la televisión.
Su carrera, iniciada en 1958 en LT9 de Santa Fe, fue una radiografía del periodismo argentino que supo adaptarse a los cambios tecnológicos, políticos y culturales sin perder identidad. Con soltura en los micrófonos y pluma afilada en la gráfica, cruzó géneros y medios con una versatilidad poco común. Fue parte de emisoras clave como LR1 y LR3 en Buenos Aires, hasta que su desembarco en Rosario a fines de los 70 confirmó su perfil de referente regional.
En LT8 de Rosario quedó como productor general y más tarde en Radio 2 condujo el ciclo “La vereda de enfrente”, una especie de emblema del periodismo local. El programa se mantuvo durante años, navegando distintos cambios de emisora, pero siempre conservando su sello: cercanía con el oyente y la despedida que se volvió su firma: “un beso en la frente”.
Más allá de su perfil radial, Acosta también se impuso en los medios gráficos. Comenzó escribiendo en La Tribuna de Rosario en 1966, y luego desembarcó en la influyente revista “Gente” como secretario de redacción. Esta experiencia le abrió juego en redacciones como Crisis, Antena, Crónica y El Mundo, donde dejó su impronta con análisis mordaces y mirada política aguda. Fue también director de la revista de “La Capital” de Rosario, uno de los medios más tradicionales del interior del país, a la que lideró desde 1977 con una mirada plural y apertura hacia nuevas generaciones de periodistas locales.
La lista de medios que lo vieron pasar es larga: desde Diario Rosario hasta revistas barriales como 30N, pasando por experiencias más conectadas al cable, como CableHogar, o intentos editoriales como Nueva Hora. Pero el denominador común fue siempre su intención de crear agenda desde donde estuviera, sin limitarse a transcribir la voz del poder. De hecho, no fueron pocas las veces en que sus notas incomodaron a la dirigencia política local y provincial.
Acosta fue mucho más que un periodista de oficio. Representó a una generación que hizo del periodismo una plataforma de pensamiento crítico en la transición democrática. En épocas donde la censura era ley, él eligió el lenguaje cifrado, el guiño al oyente entrenado, y la complicidad con su audiencia para esquivar silencios obligados. No se trataba solo de informar, sino de interpretar desde adentro lo que sucedía en la sociedad y dentro de los poderes ocultos del Estado.
Su nombre también estuvo ligado al acompañamiento de las transformaciones urbanas y culturales de Rosario. Opinó sin diplomacia sobre el devenir del centro rosarino, la crisis de los medios locales frente a los multimedios porteños, y las alianzas espurias entre grupos económicos y la política. No necesitaba tribuna para hacer ruido; lo hacía desde sus intervenciones lúcidas y con voz pausada, pero decidida. Su prestigio en la ciudad se construyó en base a coherencia.
La despedida a sus restos comenzó a las 9 en la cochería Caramuto, ubicada en el corazón urbano de Rosario, ese mismo centro que tantas veces comentó en sus columnas. Distintas personas vinculadas a los medios y a la política regional se acercaron a despedirlo, reconociendo a un hombre que dejó escuela.
El periodismo argentino pierde a un outsider que nunca pidió permiso para opinar. A un hombre que no necesitó los grandes sets de televisión para influir. Con su muerte se apaga una voz, pero queda un legado al que le sobra vigencia: el del periodista que no transa con el poder, que abraza la incomodidad del dato incómodo, y que supo despedirse al aire con un gesto simple pero empático. Uno que ahora suena más fuerte que nunca: un beso en la frente.