El Gobierno negocia un acuerdo con el FMI por U$S20.000 millones para estabilizar el mercado y calmar expectativas. Este financiamiento busca apuntalar reservas y controlar la presión cambiaria, mientras se discute la viabilidad del plan económico de Milei. La aprobación del Directorio del FMI es crucial para su éxito.
U$S20.000 millones, la carta secreta del Gobierno para lograr un acuerdo con el FMI y frenar la sangría del mercado
El Gobierno apura las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional para sellar un nuevo acuerdo por un paquete de financiamiento de U$S20.000 millones. La confirmación llegó desde Washington con las declaraciones de la portavoz del FMI, Julie Kozack, a tono con lo filtrado días atrás por el ministro de Economía, Luis Caputo. No es solo una cifra: es el movimiento más osado del oficialismo desde su llegada al poder. En simultáneo, busca anclar expectativas, calmar a los mercados y, sobre todo, comprar tiempo.
La cifra no es simbólica. Para los entornos técnicos y políticos, representa una jugada de alto riesgo: el oficialismo espera que este balón de oxígeno habilite un primer giro de entre U$S10.000 y U$S15.000 millones que apuntale reservas, calme el paralelo y amortigüe el ruido cambiario reciente. Pero detrás de la cifra, hay una batalla silenciosa aún abierta: la pulseada con el Directorio Ejecutivo del organismo, que todavía debe aprobar el paquete técnico negociado desde Economía.
El trasfondo es evidente. El equipo de Milei quiere cerrar cuanto antes un programa de facilidades extendidas a cuatro años que reemplace al desactivado acuerdo anterior. Una fórmula más flexible y, sobre todo, más política: le permitiría patear vencimientos mientras muestra voluntad de reformas profundas. Pero el mercado no come vidrio. En las últimas semanas, la desconfianza creció. Las reservas siguieron cayendo, el dólar blue avanzó y los rumores de un salto devaluatorio comenzaron a escalar, al ritmo de una política monetaria que todavía no termina de estabilizarse.
El guiño de Kozack este viernes fue la señal más clara hasta ahora de que el entendimiento está cerca, aunque sin definiciones concretas sobre el cronograma de desembolsos ni las exigencias formales del Fondo. Lo que está en juego no es menor: cuánto dinero obtendría el Tesoro y en qué condiciones para luego transferirlo al Banco Central, cómo quedaría blindada la base monetaria, y si ese eventual colchón alcanzará para contener una presión cambiaria que no da tregua.
“Vamos a tener tantos dólares que se podría dolarizar en función de la base monetaria”, deslizó con audacia un funcionario clave del Palacio de Hacienda. La frase no es improvisada: insinúa una estrategia que busca sostener, al menos discursivamente, la promesa de una dolarización futura. El punto central es otro: Cepo, atraso cambiario, inflación persistente y un mercado financiero nervioso, que ya no compra humo.
Dentro de Balcarce 50 saben que parte del escenario también se juega puertas adentro del FMI. El Directorio no solo evalúa la sustentabilidad fiscal del programa, sino la viabilidad política del experimento libertario que promete ajuste sin anestesia, reforma del Estado y expansión de derechos mediante shock económico. ¿El plan Milei convence a los técnicos? En los papeles, sí. ¿Pero alcanza para un cheque en blanco del Fondo? Todavía no está claro.
Cristalina Georgieva habló en las últimas horas con Luis Caputo para acordar lineamientos. Por ahora, la gerenta general juega un partido institucional. Pero necesita también garantizarse que cualquier esfuerzo financiero del organismo no acabe enterrado en el ruido político argentino. Por eso, cada avance técnico tiene su espejo político. De ambos lados del Atlántico.
En medio de esta negociación, el Gobierno acumula frentes sensibles. Las dudas del mercado son el principal sensor para medir cuánto oxígeno real queda antes de decisiones incómodas. Caputo insiste con que las reservas superarían los U$S50.000 millones con el nuevo paquete, incluyendo aportes del Banco Mundial y del BID. Aunque hasta ahora no detalla cómo se recompondrán las arcas ni si el régimen cambiario recibirá ajustes.
Frente a todas estas señales, en el gabinete económico crece una convicción: la coyuntura aprieta y no hay margen para demoras políticas. De hecho, cada día sin definiciones financieras acecha con consecuencias. La señal a los actores económicos debe ser rápida y contundente. Caso contrario, el temor a una nueva corrida cambiaria pasa de hipótesis a escenario deliberado.
Todas las fichas entonces están puestas en la aprobación del Directorio Ejecutivo del FMI. Si se destraba, el oficialismo tendrá una herramienta financiera poderosa para robustecer reservas en el corto plazo. Y si el primer desembolso alcanza los niveles previstos por Economía, el Gobierno podría sostener —aunque sea temporalmente— la idea de consistencia económica en una hoja de ruta aún difusa.
El pacto con el Fondo es más que una línea de crédito: es una apuesta geopolítica, un salvavidas político y un mensaje al círculo rojo, que hasta ahora ve al plan libertario como una gran incógnita. Pero el reloj corre y los dólares no esperan.