El reciente discurso del Presidente sobre las Malvinas ha causado controversia al mencionar el “derecho a la autodeterminación de los isleños”, un concepto rechazado por la diplomacia argentina. Su enfoque confrontativo, en lugar de promover la unidad, debilita la cohesión necesaria para enfrentar los desafíos políticos y económicos del país.
Malvinas y una oportunidad desperdiciada por el presidente
En el discurso que ofreció este 2 de abril en la Plaza San Martín, el Presidente sorprendió al deslizar la idea del “derecho a la autodeterminación de los isleños”, reviviendo una noción históricamente rechazada por la diplomacia argentina y la mayoría de los espacios políticos. Más allá de la polémica semántica o interpretativa, el mandatario optó por un tono confrontativo que reiteró su desprecio hacia la dirigencia tradicional, a la que responsabiliza por décadas de fracasos en la recuperación de la soberanía sobre las Islas Malvinas.
El momento era de una carga simbólica ineludible. Sin embargo, en lugar de apelar a la unidad nacional o enviar un mensaje que enmarcara la mirada argentina en una estrategia geopolítica regional, eligió la trinchera ideológica. Así, omitió convocar a un factor clave: la construcción política colectiva, en un país que atraviesa un complejo reordenamiento institucional y económico.
Desde diciembre de 2023, el Ejecutivo ha gobernado con una minoría parlamentaria marcada y sin presencia real en provincias o municipios. Aun así, gracias a la impronta personal del Presidente y una legitimación política de las urnas bastante contundente (56% en segunda vuelta), logró avanzar con leyes claves gracias al sostenimiento del PRO, buena parte del radicalismo, la Coalición Cívica y sectores del peronismo no kirchnerista. Son esos apoyos los que explican la gobernabilidad precaria pero sostenida de estos meses. Y es precisamente esa heterogénea coalición legislativa la que requiere señales claras de unidad de cara a los comicios de medio término que ocurrirán en seis meses, y donde se juega no solo la renovación de bancas, sino la posibilidad concreta del oficialismo de consolidarse o ceder terreno.
La insistencia en un antagonismo frontal quizás rinda dividendos comunicacionales en redes sociales, pero no abona al armado de un frente electoral competitivo. El espacio libertario —hasta ahora sin construir alianzas fuertes al interior del Congreso— desperdicia instancias simbólicas con alto potencial de cohesión. El 2 de abril era una de ellas.
Desde la política exterior, la ausencia de un gesto al rol regional tampoco pasó desapercibida. Argentina ejerce en este semestre la presidencia pro tempore del Mercosur. A contramano de lo que parecía obvio —una reafirmación del bloque como plataforma de proyección estratégica— no hubo mención al Mercado Común, ni a la Antártida, ni a temas puntuales donde el país ejerce un liderazgo tácito, como la proyección bioceánica junto a Chile o la protección climática de regiones claves como la amazónica, andina o patagónica. Desaprovechar ese tipo de ventanas discursivas no es un mero descuido: refleja una visión aislacionista en política exterior que condiciona la estrategia diplomática de largo plazo.
Con más de 20 millones de km² de superficie regional combinada (superando incluso a Rusia) y unos 300 millones de personas en el Cono Sur, América del Sur tiene la tierra, el capital humano y los recursos para proyectarse como potencia si logra superar las fracturas internas. Para eso, la voluntad de integración debe expresarse no solo en acuerdos sino también en gestos públicos concretos. La ocasión, otra vez, se escurrió sin ese gesto.
Las contradicciones y omisiones del discurso no solo tensaron la relación con sectores tradicionalistas de la diplomacia, sino que también reactivaron internas. Entre halcones y moderados del oficialismo, se empieza a abrir una grieta interna ante la falta de pragmatismo en momentos clave. Las voces que pedían moderación desde el propio espacio quedaron silenciadas por una estrategia política centrada en la provocación y el enfrentamiento permanente.
El Presidente juega una partida a doble o nada. Su apuesta por polarizar con “la casta” le ha permitido sostener una alta visibilidad pública y una narrativa transversal entre votantes hastiados del sistema. Pero si esa estrategia no viene acompañada por gestos de conciliación estratégica en momentos clave, corre el riesgo de quedarse solo en el ejercicio discursivo, sin las bases institucionales que necesita para avanzar con las reformas estructurales que promete.
Lo de Malvinas no fue solo una polémica interpretativa de una frase. Fue, sobre todo, un indicio. Una señal sobre cómo el relato personal tuerce las prioridades de Estado. En políticas de soberanía, las palabras importan. Y el silencio selectivo también.